[FIRMA INVITADA]: Víctor Manuel (V)

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           Avalada por las primeras y excelentes expectativas que generó este film desde el mismo momento en el que arrancó el proyecto tomé asiento hace unos días para ser partícipe como espectador de lo que prometía ser una buena sesión de cine. No me ha defraudado. Salí con la misma sensación que tuve el año que viajé a Londres por primera vez, cuando mi idilio en la distancia con la ciudad se transformó en enamoramiento al regresar.  Pues bien, después de salir de ver Joker y después de unos días, analizando la experiencia con el poso necesario que proporciona el tiempo, me reafirmo en que estamos ante una muy buena peli.

De que gran parte del peso de la misma lo carga en sus hombros un estratosférico Joaquin Phoenix no tengo la menor duda y de que es posible que ya estén grabando su nombre en la estatuilla dorada tampoco la tengo.

La película nos cuenta la historia de Arthur Fleck, un ciudadano anónimo de Gotham al que la vida no lo ha tratado, digamos que con demasiada dulzura. Se dedica a hacer de payaso en pequeños bolos para una pequeña agencia de figurantes de la ciudad. Vive con su madre y para colmo tiene una patología que hace que se ría en los momentos más inoportunos. Fleck aspira a hacer reir a la gente como cómico, y en eso está. Intentándolo mientras su propia evolución e involución lo llevarán a convertirse en el Joker que todos conocemos.

Las escenas en las que la risa es protagonista son numerosas, pero os aseguro que no hacen puta gracia. La risa de una sociedad que maltrata al débil, al pobre. La cada vez más evidente diferencia entre ricos y pobres, la triste algarabía, el oscuro espectáculo y sonrojo del que se avergüenza de lo que hace porque si no estuviese cautivo de la presión social, de su presión social, tendría el coraje suficiente para pegar un golpe en la mesa y decir basta. No olvidemos que tenemos un grave problema social, que no de personas. Y Arthur Fleck es una víctima de todo esto.

Por momentos sentía durante el visionado de la peli que la sala de cine apestaba a humedad, como cuando abres una habitación que ha estado durante una larga temporada cerrada, sensación de incomodidad pero al mismo tiempo de asombro y admiración hacia la valentía y la independencia mostrada por Todd Philips a la hora de darnos una buena hostia de realidad con la vara de su talento. Porque el arte, o provoca inquietud intelectual o proporciona belleza. Si no, no es arte.

Mi más firme recomendación para que os acerquéis a verla. Con una excelente fotografía y primeros planos de Oscar. Pequeño pero intenso papel el de Robert de Niro. Un duelo de titanes el que se produce entre él y Phoenix, que no dejará indiferente a nadie porque la risa puede provocar el más devastador de los seísmos.

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