[FIRMA INVITADA]: Víctor Manuel (IV)

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Cartel oficial de la película Le Jeu. 2018.

MANTA, SOFÁ Y… EL JUEGO (Le jeu)

La mesa ya estaba puesta desde hacía algo más de una hora. Coquetamente organizada. La ocasión lo merecía. Hacía varias semanas que no quedaban para cenar. Había novedades que contar y además, por qué no decirlo, disfrutaban cuando se juntaban.

El aroma que sobrevolaba la estancia dejaba claro que la cena ya estaba lista. Ahora tan solo quedaba que los invitados fuesen llegando. Cena pequeña, de amigos. De esas en las que el encanto está en la sencillez.

Tenía muchas ganas de sentarme a ver esta historia desde que se estrenó la versión para nuestro país titulada Perfectos desconocidos, de Alex de la Iglesia, en 2017. Disponía de varias opciones encima de la mesa para comprobar si mis ganas venían acompañadas de algo de intuición respecto a este guión o el tráiler había sido una vez más, un mecanismo perfecto para poner los dientes largos a espectadores como yo.

De las ocho versiones realizadas en todo el mundo, incluída la teatral, nacidas de la original, Perfetti Sconosciuti, del italiano Paolo Genovese en 2016, me decanté, fruto de mi ya declarado amor por el cine francés, por la versión de Fred Cavayé, Le jeu (El juego) de hace tres años.

Siete amigos se reúnen alrededor de una mesa para cenar  en casa de dos de ellos, matrimonio y padres de una adolescente. Un profesor soltero en paro y que esa noche acudirá con su nueva novia a la que todos ansían conocer;  una apasionada pareja de recién casados y los últimos, con una convivencia de años y con hijos pequeños.

En el transcurso de la cena, alguien propone algo. Deberán dejar  sus móviles encima de la mesa y harán partícipes al resto de comensales de todos y cada uno de los mensajes y llamadas que reciban a partir de ese momento. Empieza el juego.

Lo que a la postre parece un simple pasatiempo y una propuesta de lo más inocente, irá subiendo el ritmo de la película a medida que se vayan dando situaciones de lo más inverosímiles.

Nuestra vida y nuestros secretos condensados en cinco pulgadas pueden convertirse en una bomba de relojería si se elimina el filtro de la privacidad. Porque todos escondemos algo que de ver la luz rompería relaciones. Llamadas incómodas que de hacerse públicas condicionarían la imagen que proyectamos a la sociedad.

Me hubiese gustado que Woody Allen se hubiese planteado hacer su propia versión de este enredo.  La de una sociedad que dice ser lo que no es y no es lo que dice ser. Pero como ocurre en los espectáculos del Club de la comedia,  si toda la platea se ríe, por algo será.

La recomiendo por valiente, por ser capaz de estamparnos una tarta de merengue en la cara y que no solo no nos enfademos, si no que nos llevemos a la barbilla  los dedos índice y pulgar, percatándonos,  sonrojados, de por qué el sonido del teclado de un móvil, cuando escribimos a gran velocidad, se asemeja al de un contador Geiger.

Cine útil, cine comprometido con el que reflejar en la pantalla situaciones con las que nos podemos sentir perfectamente identificados o alcanzados por el rubor más extremo.  Con un elenco de actores de primer nivel y con un fotógrafo reconvertido a director este proyecto ve la luz.

Me ha gustado porque versionar no es fácil -siempre estará ahí la sombra del original-, porque todo transcurre principalmente  en un decorado, porque todo lo que sucede está construido y encajado de un modo perfecto. Esta peli consigue que la hora y media de metraje se me haya pasado volando.

¿Tenéis la manta a mano?

¿Estáis en buena compañía?

¿Tenéis el sofá libre?

¿Libre de ropa para planchar y poder tumbaros o sentaros a disfrutar de este largo francés?

 Y sobre todo…

…¿Tenéis los móviles en silencio y boca abajo?

¡A jugar!

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