[FIRMA INVITADA]: Víctor Manuel (III)

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Imagen del metraje de Elisa y Marcela. 2019.

EL OLOR A PALOMITAS Y… Elisa y Marcela

Recuerdo la emoción que sentía aquellas tardes en las que mis padres me llevaban a jugar al parque y en la que el trayecto de no más de cien metros que lo separaba de casa me parecían diez mil. ¿Te acuerdas Víctor? ¿Te acuerdas de cuando la arena manchaba tus zapatos y a ti no te importaba? Y eso que aún no sabía que ese maravilloso olor a hierro del tobogán que impregnaba mis manos se quedaría grabado en mi memoria hasta el final de mis días.

Ser capaz de observar, crear, filmar instantes y sentimientos en macro para que estos queden reflejados para siempre en una pantalla de cine está al alcance de muy pocos cineastas. Coixet consigue con su arte estremecer hasta la mismísima claqueta.

Nada nuevo en el instante en el que me senté a ver Elisa y Marcela. La misma admiración por la directora catalana, las mismas cosquillas en el estómago, fruto de la emoción del momento previo.

Se apagan las luces, el metraje en blanco y negro le otorga ese halo especial del mejor Welles. Siempre admiré a Isabel porque la considero la directora de las cosas pequeñas por excelencia, la cineasta de los pequeños detalles.

A veces la imagino  agachada mientras observa el terrible esfuerzo realizado por una hormiga mientras transporta un pequeño trozo de pan, u observando un puñado de hojas secas mientras bailan, perfectamente coordinadas, al son que les marca el aire mientras simula un encuadre con sus dedos, como probando, siempre probando.

La historia de Elisa Sánchez y Marcela Gracia fue una historia de amor, pero sobre todo fue una historia de coraje. Porque el amor no se busca, porque el amor simplemente te aborda. Porque no sabe de épocas ni de tiempos, de ahí que ser valiente no sea una opción cuando aquello que amas forma parte de uno.

Que duro debió de ser luchar contra una sociedad que no acepta lo diferente. ¡Que no raro! Cuanta hipocresía, cuantos sollozos en la soledad de un comedor a la luz de un candil. Sentimientos prohibidos o cercenados, palabras prohibidas, comentarios prohibidos, libros prohibidos con el fin de someter intelectualmente a un pueblo para que no piense. No vaya a ser que lea demasiado. O lo que es peor, que no se pregunte si realmente piensa o no.

El primer y único matrimonio religioso entre dos personas del mismo sexo allá por 1901 es una historia que no debería ser olvidada jamás. Bien contada, bien interpretada; con valentía, retratando con solvencia cada uno de los roles de una sociedad rancia de rutinas y de costumbres que vivían en penumbra. La sombra de algunas cruces es demasiado alargada. Tuve claro al salir de la sala que esta película supone un golpe encima de la mesa, uno más, para que de una vez por todas la libertad sexual, de culto, política e intelectual consigan ver la luz del sol.

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